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Friday, January 23, 2015

Mujeres atendidas en un hospital de Etiopía. / JUAN CARLOS TOMASI / MSF
ለስፔኑ ኤል ፓይስ ጋዜጣ በሲዳማ ውስጥ ባለው የእናቶች እና ህጻናት ጤና ኣያያዝ ላይ የስፔኑ ድንበር የለሹ የህክምና ቡድን ኣባላት ያቀረቡት ጽሁፍ እንዳመለከተው፤ በዞኑ በኣሮሬሳ እና ጭሬ ወረዳዎች ነፍስጡር እናቶች በእርግዝና ወራት በቂ የጤና ክትትል ስለማያደርጉ  ከወልድ ጋር በተያያዘ ለጤና መታወክ ብሎም ለሞት እንደምዳረጉ ኣመልክቷል።
ሙሉ ጽህፉን ከታች ያንቡ፦ 
¡Astonishing!”, exclama el conductor del vehículo de Médicos Sin Fronteras (MSF) de camino a las montañas de Sidama. ‘Astonishing’ es una palabra que no tiene una buena traducción en español, o por lo menos no tan buena como para expresar el verdadero significado de la palabra inglesa pronunciada con los ojos y la boca bien abiertos cuando uno contempla algo extraordinario.
Al principio de la época de lluvias, cualquier desplazamiento a la región de los cafetales al sur de Etiopía dura más de lo normal por dos motivos: el barro y el paraíso. Los incómodos y sencillos Toyotas que utiliza MSF no están equipados con ningún confort, pero son las únicas "bestias", aparte de los burros y los caballos, capaces de llevarnos hasta las comunidades rodeadas por carreteras convertidas en verdaderos barrizales. Y tienen que afrontar terrenos resbaladizos, buscar nuevas rutas y pensárselo dos veces antes de subir o bajar una cuesta. Y cuando no pueden, los trabajadores sanitarios de MSF cambian de bestia o siguen a pie, con botas de plástico. La meta es llegar y aportar atención sanitaria y educación para la salud a las personas.
La segunda razón surge en cada rincón. Es difícil no detenerse y más aún si viajas con un fotógrafo, cuando la ladera de la montaña te regala un maravilloso arcoíris o cascadas de agua que caen por la ladera de la montaña como si de una pintura japonesa se tratase para dejar al descubierto con cada mirada a la vegetación todos los diferentes matices del verde. Es imposible no decir algo cursi o exclamar “astonishing”. Pero este paraíso está lleno de riesgos. Es por ello que aquí en 2012 se lanzó un proyecto para mejorar la salud materno-infantil, en colaboración con los equipos e instalaciones del Ministerio de Sanidad. Aquí, un minuto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Lo hemos visto con nuestros propios ojos.
Uno de los problemas más frecuentes en la zona es la falta de atención durante el embarazo. Muchas mujeres no tienen la noción del tiempo que generalmente se aplica durante la gestación, pierden la cuenta y no saben de cuántas semanas están. Y es incluso más difícil saber su edad o las de sus madres.
Ageze está envuelto en una manta junto a su madre, Wurke, en una de las camas de la sala de maternidad. Es el segundo hijo de Wurke, nacido hace seis semanas en su casa. El mayor tiene cuatro años. Tuvo otro entre medio pero nació muerto hace más de un año (también dio a luz en casa). Ageze se encuentra en el centro de estabilización porque su peso fue muy bajo al nacer. Es muy pequeño, pero despierto, observándolo todo con unos ojos muy grande a través del espacio en la manta que le envuelve. Zenaw, la abuela del niño, acaba de llegar con una pequeña bolsa de comida, su larga vida escrita en las arrugas de su rostro. Le pregunto a Wurke por qué volvió a dar a luz en casa después de su mala experiencia anterior.
“Porque no tuve tiempo”, responde. “Desconocía cuánto me faltaba para salir de cuentas. El bebé no me dio tiempo a venir al centro de salud”.
Cuando le pregunto por su edad, no lo sabe, pero parece tener poco más de veinte años. La abuela lo confirma. “Unos 20 años”, afirma. En casa de Wurke viven cinco personas y todas trabajan en los campos. La abuela tuvo cinco hijos, ninguno nació muerto. Lo primero que me dice es que tiene tres nietos, y todos ellos subrayan, “van a la escuela”. Ni ella ni Wurke saben leer ni escribir. Me dice que ahora las cosas están mejor que antes, ahora tienen mayor protección, y tanto la sanidad como la educación han mejorado. Pregunto a Wurke y a Zenaw lo que les gustaría que fuese el niño cuando sea mayor.
“Que fuese a la universidad”, dicen ambas.
¿Y de profesión?
“Médico. No tenemos la menor duda”, añaden.

La realidad exige atención (de calidad)

A la media hora de viaje a la comunidad nuestro conductor se rinde. Dice que es imposible cruzar la montaña con tanto barro. Entonces hablo con Kebede, un educador de salud de la ONG, que llegará a la comunidad a caballo. Tiene 24 años y es natural de Sidama. Conoce la zona muy bien y ha visto lo perjudicial que es carecer de atención sanitaria para las madres embarazadas. Ha visto a muchas mujeres dar a luz en casa, con dolores de parto durante hasta dos días y los bebés a menudo mueren. Otro problema es la falta de alimentos adecuados para los niños.
Ahora en la estación de lluvias, no queda nada de la última cosecha. Y aunque parece increíble, en medio de este frondoso jardín, hay desnutrición. Solomon, un enfermero de la ONG, a cargo del centro de estabilización y del programa nutricional en el centro de salud en Mejo, sabe muy bien de qué va todo esto. “Lo que ocurre es que aunque, como podéis ver, la tierra es rica, el valor nutricional en las plantas es muy bajo para ayudar a los niños que están débiles”. La abundancia de bananos es impresionante, pero tal como advierte Solomon, “aquí les llaman falsos bananos. Las madres hacen un plato con esta planta, pero no da al niño lo que realmente necesita. Tenemos que seguir trabajando en la educación para la salud y nutrición y formando en las comunidades”.
Ésta es precisamente una de las necesidades y esperanzas que muchas personas tienen ahora que MSF está en vías de traspasar este programa al Ministerio de Sanidad. Mantener el estándar de los programas y no abandonar a las comunidades es la clave para impedir que la tasa de mortalidad materno-infantil crezca, a pesar del hecho que este paraíso lo dificulta para las madres y sus hijos.

Casa de espera maternas

Son grandes chozas, situadas cerca de dos centros de salud, a donde las mujeres con complicaciones y en las últimas semanas de gestación vienen a esperar a dar a luz. Estas instalaciones que el Ministerio de Sanidad está ahora recibiendo de MSF son la clave para asegurar la vida de mujeres y niños, especialmente si viven en las zonas más remotas, y todavía más en esta época del año cuando la lluvia lo complica todo.
Cuando visitamos la casa de espera había una docena de mujeres esperando el momento del parto. Ésta es otra de las aportaciones de esta clase de proyectos que ahora gestiona el Ministerio de Sanidad.
Mejo, junto con Chire, son las dos principales ciudades donde la organización humanitaria ha trabajado durante más de dos años entre estas montañas, mejorando el acceso a la atención de las mujeres embarazadas y de los niños menores de cinco años, intentando superar los retos impuestos por la lejanía y el barro, en la época de lluvias. Los equipos han trabajado para asegurar, por lo menos, que la vida puede seguir su curso de una forma digna en medio de este paraíso que se queda fijado en la imaginación, como el olor del café recién hecho en la nariz. Incluso cuando nos acercamos a Addis Abeba, horas después de haber salido de Sidama, la belleza y el barro de este paraíso siguen vivos en mi mente.
ምንጭ፦ elpais.com
Photo: Prime Minister of Ethiopia Hailemariam Desalegn attends the Meeting of the Peace and Security Council at the African Union Headquarters in Addis Ababa, Ethiopia, 29 January 2014. EPA/DANIEL GETACHEW.
Ahead of elections this year, the Ethiopian government is cracking down hard on any kind of free press – shutting down publications, jailing journalists and harassing their families. This is not just Ethiopia’s problem, however. As the home of the African Union, and as an oft-punted role model for African development, Ethiopia’s censorship problem is Africa’s too. By SIMON ALLISON.

It’s not easy being a journalist in Ethiopia. In fact, it is nearly impossible, according to a new Human Rights Watch report that documents the scale of the state’s censorship apparatus. As journalists ourselves, it makes for highly disturbing reading (and once again highlights why the South African media fraternity’s fight against the proposed secrecy bill is so important – the distance between that and the Ethiopian situation is not so far as one might think).
“Ethiopia’s government has systematically assaulted the country’s independent voices, treating the media as a threat rather than a valued source of information and analysis,” said Leslie Lefkow, deputy Africa director at Human Rights Watch. “Ethiopia’s media should be playing a crucial role in the May elections, but instead many journalists fear that their next article could get them thrown in jail.”
The authors of the report spoke to 70 Ethiopian journalists, many in exile, who painted a dismal picture of the state of Ethiopian media. The government exerts control in many different ways – some subtle, some quite the opposite.
According to the report, “Most print publications in Ethiopia are closely affiliated with the government and rarely stray from government perspectives on critical issues. Private print publications face numerous regulatory challenges and regular harassment from security personnel. Publications critical of government are regularly shut down, and printers and distributors of critical publications are closed. Journalists critical of government policies and their families live in constant fear of harassment, arrest, and losing their livelihoods. The state controls most of the media, and the few surviving private media self-censor their coverage of politically sensitive issues for fear of being shut down.”
This is bad news for Ethiopia, of course. It is rarely a good sign when a government attacks the press – as South Africans in particular we can appreciate the dangers of a single, state-sponsored narrative.
But it is also bad news for the continent as a whole.
The Ethiopian capital Addis Ababa is home to the African Union, the continental body tasked with driving African development and righting the continent’s many wrongs. This makes it the de facto African capital, a hub of diplomatic intrigue; a place where important people meet to exchange secrets and conclude deals; and the centre around which so much of Africa’s politics revolves.
If we want to know what’s happening in Africa, we need to know what’s happening in Addis Ababa. Without a free press, we can’t. How else are we going to figure out what exactly our leaders are up to? They are certainly not going to tell us themselves.
It’s not just media, either. Ethiopia keeps a close eye on NGOs and think tanks working in the country too, even those with continental mandates, and has the power to grant or deny access to the African Union by manipulating visas – if you don’t get a visa for Ethiopia, you don’t get to visit the AU. This makes researchers and advocacy organisations very wary of being too critical of the current Ethiopian administration, even when they shout loudly about the failings of other African governments.
This means, ultimately, that we are getting a distorted picture of the Ethiopian story – and the Ethiopian story is a vital one in the context of African development. Ethiopia, along with Rwanda, is advocating a very specific developmental model, one that prioritises economic growth and socio-economic rights ahead of liberal luxuries such as democracy, participation and human rights. The theory is that it’s ok to silence opposition and crack down on media as long as the government is improving employment, education, health, etc.
The figures suggest that this model might just be working. Ethiopia’s GDP is growing at about 10.4% while over the past decade, the country has registered statistically significant growth in the welfare, education and health categories of the Ibrahim Index of African Governance. But can we trust these figures?
A recent example from Rwanda, where free press is also non-existent, is instructive. On 15 January, David Himbara, a former economic adviser to President Paul Kagame, explained in an op-ed on Quartz why he quit his job. “I resigned not only because he was tyrannizing the nation, but also because he asked me to tamper with the truth about the economy,” he said.
Himbara argues that the apparent successes of Rwanda’s model for economic growth are illusory, and based on poor or deliberately misleading data. But in the absence of a free press, or a free civil society, this data goes unchallenged, and the Rwandan model is hailed as a success and eyed by other African leaders (especially those with an authoritarian streak) as a role model for their own countries.
So too with Ethiopia: without anyone to tell us otherwise, Ethiopia’s development approach looks like it is working, even if it’s not (this is not to judge this approach one way or the other, just to observe that in the absence of any kind of independent information we cannot gauge its effectiveness).
So that’s why the absence of independent media in Ethiopia affects us all. Without the beady eye of a free press observing the diplomatic shenanigans in Addis Ababa, we really have no idea what deals our leaders are making at the AU or why they are making them; and we run the real risk that the Ethiopian story will become the African story, without any real idea if that story is fact or fiction. DM


A research on prevalence of food aversions, cravings and pica during pregnancy and their association with nutritional status of pregnant women in Dalle Woreda has indicated that the nutritional status and meal pattern of pregnant women in Dale Woreda were not in line with normal range to support the pregnant women.



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